jueves, 10 de abril de 2014

"Infierno grande", de Guillermo Martínez


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"El collar", de Guy de Maupassant

El collar, de Guy de Maupassant

Era una de esas hermosas y encantadoras criaturas nacidas como por un error del destino en una familia de empleados. Carecía de dote, y no tenía esperanzas de cambiar de posición; no disponía de ningún medio para ser conocida, comprendida, querida, para encontrar un esposo rico y distinguido; y aceptó entonces casarse con un modesto empleado del Ministerio de Instrucción Pública.
No pudiendo adornarse, fue sencilla, pero desgraciada, como una mujer obligada por la suerte a vivir en una esfera inferior a la que le corresponde; porque las mujeres no tienen casta ni raza, pues su belleza, su atractivo y su encanto les sirven de ejecutoria y de familia. Su nativa firmeza, su instinto de elegancia y su flexibilidad de espíritu son para ellas la única jerarquía, que iguala a las hijas del pueblo con las más grandes señoras.
Sufría constantemente, sintiéndose nacida para todas las delicadezas y todos los lujos. Sufría contemplando la pobreza de su hogar, la miseria de las paredes, sus estropeadas sillas, su fea indumentaria. Todas estas cosas, en las cuales ni siquiera habría reparado ninguna otra mujer de su casa, la torturaban y la llenaban de indignación.
La vista de la muchacha bretona que les servía de criada despertaba en ella pesares desolados y delirantes ensueños. Pensaba en las antecámaras mudas, guarnecidas de tapices orientales, alumbradas por altas lámparas de bronce y en los dos pulcros lacayos de calzón corto, dormidos en anchos sillones, amodorrados por el intenso calor de la estufa. Pensaba en los grandes salones colgados de sedas antiguas, en los finos muebles repletos de figurillas inestimables y en los saloncillos coquetones, perfumados, dispuestos para hablar cinco horas con los amigos más íntimos, los hombres famosos y agasajados, cuyas atenciones ambicionan todas las mujeres.
Cuando, a las horas de comer, se sentaba delante de una mesa redonda, cubierta por un mantel de tres días, frente a su esposo, que destapaba la sopera, diciendo con aire de satisfacción: “¡Ah! ¡Qué buen caldo! ¡No hay nada para mí tan excelente como esto!”, pensaba en las comidas delicadas, en los servicios de plata resplandecientes, en los tapices que cubren las paredes con personajes antiguos y aves extrañas dentro de un bosque fantástico; pensaba en los exquisitos y selectos manjares, ofrecidos en fuentes maravillosas; en las galanterías murmuradas y escuchadas con sonrisa de esfinge, al tiempo que se paladea la sonrosada carne de una trucha o un alón de faisán.
No poseía galas femeninas, ni una joya; nada absolutamente y sólo aquello de que carecía le gustaba; no se sentía formada sino para aquellos goces imposibles. ¡Cuánto habría dado por agradar, ser envidiada, ser atractiva y asediada!
Tenía una amiga rica, una compañera de colegio a la cual no quería ir a ver con frecuencia, porque sufría más al regresar a su casa. Días y días pasaba después llorando de pena, de pesar, de desesperación.
Una mañana el marido volvió a su casa con expresión triunfante y agitando en la mano un ancho sobre.
-Mira, mujer -dijo-, aquí tienes una cosa para ti.
Ella rompió vivamente la envoltura y sacó un pliego impreso que decía:
“El ministro de Instrucción Pública y señora ruegan al señor y la señora de Loisel les hagan el honor de pasar la velada del lunes 18 de enero en el hotel del Ministerio.”
En lugar de enloquecer de alegría, como pensaba su esposo, tiró la invitación sobre la mesa, murmurando con desprecio:
-¿Qué haré yo con eso?
-Creí, mujercita mía, que con ello te procuraba una gran satisfacción. ¡Sales tan poco, y es tan oportuna la ocasión que hoy se te presenta!… Te advierto que me ha costado bastante trabajo obtener esa invitación. Todos las buscan, las persiguen; son muy solicitadas y se reparten pocas entre los empleados. Verás allí a todo el mundo oficial.
Clavando en su esposo una mirada llena de angustia, le dijo con impaciencia:
-¿Qué quieres que me ponga para ir allá?
No se había preocupado él de semejante cosa, y balbució:
-Pues el traje que llevas cuando vamos al teatro. Me parece muy bonito…
Se calló, estupefacto, atontado, viendo que su mujer lloraba. Dos gruesas lágrimas se desprendían de sus ojos, lentamente, para rodar por sus mejillas.
El hombre murmuró:
-¿Qué te sucede? Pero ¿qué te sucede?
Mas ella, valientemente, haciendo un esfuerzo, había vencido su pena y respondió con tranquila voz, enjugando sus húmedas mejillas:
-Nada; que no tengo vestido para ir a esa fiesta. Da la invitación a cualquier colega cuya mujer se encuentre mejor provista de ropa que yo.
Él estaba desolado, y dijo:
-Vamos a ver, Matilde. ¿Cuánto te costaría un traje decente, que pudiera servirte en otras ocasiones, un traje sencillito?
Ella meditó unos segundos, haciendo sus cuentas y pensando asimismo en la suma que podía pedir sin provocar una negativa rotunda y una exclamación de asombro del empleadillo.
Respondió, al fin, titubeando:
-No lo sé con seguridad, pero creo que con cuatrocientos francos me arreglaría.
El marido palideció, pues reservaba precisamente esta cantidad para comprar una escopeta, pensando ir de caza en verano, a la llanura de Nanterre, con algunos amigos que salían a tirar a las alondras los domingos.
Dijo, no obstante:
-Bien. Te doy los cuatrocientos francos. Pero trata de que tu vestido luzca lo más posible, ya que hacemos el sacrificio.
El día de la fiesta se acercaba y la señora de Loisel parecía triste, inquieta, ansiosa. Sin embargo, el vestido estuvo hecho a tiempo. Su esposo le dijo una noche:
-¿Qué te pasa? Te veo inquieta y pensativa desde hace tres días.
Y ella respondió:
-Me disgusta no tener ni una alhaja, ni una sola joya que ponerme. Pareceré, de todos modos, una miserable. Casi, casi me gustaría más no ir a ese baile.
-Ponte unas cuantas flores naturales -replicó él-. Eso es muy elegante, sobre todo en este tiempo, y por diez francos encontrarás dos o tres rosas magníficas.
Ella no quería convencerse.
-No hay nada tan humillante como parecer una pobre en medio de mujeres ricas.
Pero su marido exclamó:
-¡Qué tonta eres! Anda a ver a tu compañera de colegio, la señora de Forestier, y ruégale que te preste unas alhajas. Eres bastante amiga suya para tomarte esa libertad.

La mujer dejó escapar un grito de alegría.
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-Tienes razón, no había pensado en ello.
Al siguiente día fue a casa de su amiga y le contó su apuro.
La señora de Forestier fue a un armario de espejo, cogió un cofrecillo, lo sacó, lo abrió y dijo a la señora de Loisel:
-Escoge, querida.
Primero vio brazaletes; luego, un collar de perlas; luego, una cruz veneciana de oro, y pedrería primorosamente construida. Se probaba aquellas joyas ante el espejo, vacilando, no pudiendo decidirse a abandonarlas, a devolverlas. Preguntaba sin cesar:
-¿No tienes ninguna otra?
-Sí, mujer. Dime qué quieres. No sé lo que a ti te agradaría.
De repente descubrió, en una caja de raso negro, un soberbio collar de brillantes, y su corazón empezó a latir de un modo inmoderado.
Sus manos temblaron al tomarlo. Se lo puso, rodeando con él su cuello, y permaneció en éxtasis contemplando su imagen.
Luego preguntó, vacilante, llena de angustia:
-¿Quieres prestármelo? No quisiera llevar otra joya.
-Sí, mujer.
Abrazó y besó a su amiga con entusiasmo, y luego escapó con su tesoro.
Llegó el día de la fiesta. La señora de Loisel tuvo un verdadero triunfo. Era más bonita que las otras y estaba elegante, graciosa, sonriente y loca de alegría. Todos los hombres la miraban, preguntaban su nombre, trataban de serle presentados. Todos los directores generales querían bailar con ella. El ministro reparó en su hermosura.
Ella bailaba con embriaguez, con pasión, inundada de alegría, no pensando ya en nada más que en el triunfo de su belleza, en la gloria de aquel triunfo, en una especie de dicha formada por todos los homenajes que recibía, por todas las admiraciones, por todos los deseos despertados, por una victoria tan completa y tan dulce para un alma de mujer.
Se fue hacia las cuatro de la madrugada. Su marido, desde medianoche, dormía en un saloncito vacío, junto con otros tres caballeros cuyas mujeres se divertían mucho.
Él le echó sobre los hombros el abrigo que había llevado para la salida, modesto abrigo de su vestir ordinario, cuya pobreza contrastaba extrañamente con la elegancia del traje de baile. Ella lo sintió y quiso huir, para no ser vista por las otras mujeres que se envolvían en ricas pieles.
Loisel la retuvo diciendo:
-Espera, mujer, vas a resfriarte a la salida. Iré a buscar un coche.
Pero ella no le oía, y bajó rápidamente la escalera.
Cuando estuvieron en la calle no encontraron coche, y se pusieron a buscar, dando voces a los cocheros que veían pasar a lo lejos.
Anduvieron hacia el Sena desesperados, tiritando. Por fin pudieron hallar una de esas vetustas berlinas que sólo aparecen en las calles de París cuando la noche cierra, cual si les avergonzase su miseria durante el día.
Los llevó hasta la puerta de su casa, situada en la calle de los Mártires, y entraron tristemente en el portal.
Pensaba, el hombre, apesadumbrado, en que a las diez había de ir a la oficina.
La mujer se quitó el abrigo que llevaba echado sobre los hombros, delante del espejo, a fin de contemplarse aún una vez más ricamente alhajada. Pero de repente dejó escapar un grito.
Su esposo, ya medio desnudo, le preguntó:
-¿Qué tienes?
Ella se volvió hacia él, acongojada.
-Tengo…, tengo… -balbució – que no encuentro el collar de la señora de Forestier.
Él se irguió, sobrecogido:
-¿Eh?… ¿cómo? ¡No es posible!
Y buscaron entre los adornos del traje, en los pliegues del abrigo, en los bolsillos, en todas partes. No lo encontraron.
Él preguntaba:
-¿Estás segura de que lo llevabas al salir del baile?
-Sí, lo toqué al cruzar el vestíbulo del Ministerio.
-Pero si lo hubieras perdido en la calle, lo habríamos oído caer.
-Debe estar en el coche.
-Sí. Es probable. ¿Te fijaste qué número tenía?
-No. Y tú, ¿no lo miraste?
-No.
Se contemplaron aterrados. Loisel se vistió por fin.
-Voy -dijo- a recorrer a pie todo el camino que hemos hecho, a ver si por casualidad lo encuentro.
Y salió. Ella permaneció en traje de baile, sin fuerzas para irse a la cama, desplomada en una silla, sin lumbre, casi helada, sin ideas, casi estúpida.
Su marido volvió hacia las siete. No había encontrado nada.
Fue a la Prefectura de Policía, a las redacciones de los periódicos, para publicar un anuncio ofreciendo una gratificación por el hallazgo; fue a las oficinas de las empresas de coches, a todas partes donde podía ofrecérsele alguna esperanza.
Ella le aguardó todo el día, con el mismo abatimiento desesperado ante aquel horrible desastre.
Loisel regresó por la noche con el rostro demacrado, pálido; no había podido averiguar nada.
-Es menester -dijo- que escribas a tu amiga enterándola de que has roto el broche de su collar y que lo has dado a componer. Así ganaremos tiempo.
Ella escribió lo que su marido le decía.
Al cabo de una semana perdieron hasta la última esperanza.
Y Loisel, envejecido por aquel desastre, como si de pronto le hubieran echado encima cinco años, manifestó:
-Es necesario hacer lo posible por reemplazar esa alhaja por otra semejante.
Al día siguiente llevaron el estuche del collar a casa del joyero cuyo nombre se leía en su interior.
El comerciante, después de consultar sus libros, respondió:
-Señora, no salió de mi casa collar alguno en este estuche, que vendí vacío para complacer a un cliente.
Anduvieron de joyería en joyería, buscando una alhaja semejante a la perdida, recordándola, describiéndola, tristes y angustiosos.
Encontraron, en una tienda del Palais Royal, un collar de brillantes que les pareció idéntico al que buscaban.
Valía cuarenta mil francos, y regateándolo consiguieron que se lo dejaran en treinta y seis mil.
Rogaron al joyero que se los reservase por tres días, poniendo por condición que les daría por él treinta y cuatro mil francos si se lo devolvían, porque el otro se encontrara antes de fines de febrero.
Loisel poseía dieciocho mil que le había dejado su padre. Pediría prestado el resto.
Y, efectivamente, tomó mil francos de uno, quinientos de otro, cinco luises aquí, tres allá. Hizo pagarés, adquirió compromisos ruinosos, tuvo tratos con usureros, con toda clase de prestamistas. Se comprometió para toda la vida, firmó sin saber lo que firmaba, sin detenerse a pensar, y, espantado por las angustias del porvenir, por la horrible miseria que los aguardaba, por la perspectiva de todas las privaciones físicas y de todas las torturas morales, fue en busca del collar nuevo, dejando sobre el mostrador del comerciante treinta y seis mil francos.
Cuando la señora de Loisel devolvió la joya a su amiga, ésta le dijo un tanto displicente:
-Debiste devolvérmelo antes, porque bien pude yo haberlo necesitado.
No abrió siquiera el estuche, y eso lo juzgó la otra una suerte. Si notara la sustitución, ¿qué supondría? ¿No era posible que imaginara que lo habían cambiado de intento?
La señora de Loisel conoció la vida horrible de los menesterosos. Tuvo energía para adoptar una resolución inmediata y heroica. Era necesario devolver aquel dinero que debían… Despidieron a la criada, buscaron una habitación más económica, una buhardilla.
Conoció los duros trabajos de la casa, las odiosas tareas de la cocina. Fregó los platos, desgastando sus uñitas sonrosadas sobre los pucheros grasientos y en el fondo de las cacerolas. Enjabonó la ropa sucia, las camisas y los paños, que ponía a secar en una cuerda; bajó a la calle todas las mañanas la basura y subió el agua, deteniéndose en todos los pisos para tomar aliento. Y, vestida como una pobre mujer de humilde condición, fue a casa del verdulero, del tendero de comestibles y del carnicero, con la cesta al brazo, regateando, teniendo que sufrir desprecios y hasta insultos, porque defendía céntimo a céntimo su dinero escasísimo.
Era necesario mensualmente recoger unos pagarés, renovar otros, ganar tiempo.
El marido se ocupaba por las noches en poner en limpio las cuentas de un comerciante, y a veces escribía a veinticinco céntimos la hoja.
Y vivieron así diez años.
Al cabo de dicho tiempo lo habían ya pagado todo, todo, capital e intereses, multiplicados por las renovaciones usurarias.
La señora Loisel parecía entonces una vieja. Se había transformado en la mujer fuerte, dura y ruda de las familias pobres. Mal peinada, con las faldas torcidas y rojas las manos, hablaba en voz alta, fregaba los suelos con agua fría. Pero a veces, cuando su marido estaba en el Ministerio, se sentaba junto a la ventana, pensando en aquella fiesta de otro tiempo, en aquel baile donde lució tanto y donde fue tan festejada.
¿Cuál sería su fortuna, su estado al presente, si no hubiera perdido el collar? ¡Quién sabe! ¡Quién sabe! ¡Qué mudanzas tan singulares ofrece la vida! ¡Qué poco hace falta para perderse o para salvarse!
Un domingo, habiendo ido a dar un paseo por los Campos Elíseos para descansar de las fatigas de la semana, reparó de pronto en una señora que pasaba con un niño cogido de la mano.
Era su antigua compañera de colegio, siempre joven, hermosa siempre y siempre seductora. La de Loisel sintió un escalofrío. ¿Se decidiría a detenerla y saludarla? ¿Por qué no? Habíéndolo pagado ya todo, podía confesar, casi con orgullo, su desdicha.
Se puso frente a ella y dijo:
-Buenos días, Juana.
La otra no la reconoció, admirándose de verse tan familiarmente tratada por aquella infeliz. Balbució:
-Pero… ¡señora!.., no sé. .. Usted debe de confundirse…
-No. Soy Matilde Loisel.
Su amiga lanzó un grito de sorpresa.
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde, qué cambiada estás! …
-¡Sí; muy malos días he pasado desde que no te veo, y además bastantes miserias…. todo por ti…
-¿Por mí? ¿Cómo es eso?
-¿Recuerdas aquel collar de brillantes que me prestaste para ir al baile del Ministerio?
-¡Sí, pero…
-Pues bien: lo perdí…
-¡Cómo! ¡Si me lo devolviste!
-Te devolví otro semejante. Y hemos tenido que sacrificarnos diez años para pagarlo. Comprenderás que representaba una fortuna para nosotros, que sólo teníamos el sueldo. En fin, a lo hecho pecho, y estoy muy satisfecha.
La señora de Forestier se había detenido.
-¿Dices que compraste un collar de brillantes para sustituir al mío?
-Sí. No lo habrás notado, ¿eh? Casi eran idénticos.
Y al decir esto, sonreía orgullosa de su noble sencillez. La señora de Forestier, sumamente impresionada, le cogió ambas manos:
-¡Oh! ¡Mi pobre Matilde! ¡Pero si el collar que yo te presté era de piedras falsas!… ¡Valía quinientos francos a lo sumo!…

Actividades:
Luego de leer atentamente el cuento, responde:
1) ¿Qué pensamientos y emociones torturan a la protagonista de este cuento?
2) ¿Con qué sueña permanentemente?
3) ¿Cómo es su vida?
4) ¿Por qué Matilde se niega a asistir a la fiesta? ¿Qué sacrificio hace su marido para que ella vaya?
5) ¿Cómo obtiene el collar de brillantes?
6) ¿Cómo es tratada en la fiesta? ¿Por qué motivo?
7) ¿Qué ocurre luego de la fiesta con el collar?
8) ¿Cómo se siente Matilde ahora que está completamente endeudada?
9) ¿De qué se entera al final la protagonista?
11) “La vida de Matilde es toda una farsa”, explica esta frase teniendo en cuenta todas las preguntas antes respondidas.
12) ¿De qué se entera al final la protagonista? ¿Cómo viviste vos, como lector, ese final tan sorpresivo?
13) ¿Cuál de las siguientes palabras podría ser la responsable de los diez años de pobreza:
• La envidia.
• El orgullo.
• El miedo.

  Fundamenta tu respuesta.
15) Enumera los distintos procedimientos y técnicas que utiliza el autor para dar objetividad y realismo a este relato. Para esto observa el video del Canal Encuentro: https://www.youtube.com/watch?v=CneynBQ3nEA

"Antígona o la caridad" en "Falsificaciones" de Marco Denevi

      ANTÍGONA, O LA CARIDAD
     ¡Cuidado! Edipo acaba de morir. Y sobre ese cadáver tibio y cubierto de andrajos Antígona llora lastimeramente. Pero cuidado, digo. Porque Antígona está pensando para sus adentros:
    "¿Y ahora? ¿Qué será de mí? He pasado mis mejores años dedicada a cuidar de mi padre viejo y ciego. Pero mientras él vivía y yo, su hija predilecta, lo guiaba por los caminos, las gentes salían a mi encuentro, me bendecían me hacían entrar en sus casas, me daban de comer, llegaron a ofrecerme regalos. Yo era respetada, admirada, agasajada. Creo que he sido más famosa que mi padre. Tenía el porve­nir seguro. Me sentía feliz. ¿Y ahora? Anciano egoísta, des­pués de exprimirme como a un limón te mueres y me dejas abandonada. Sola ¿a qué puerta llamaré? Madura y fea ¿quién se interesará por mí? ¿Éste es el premio de mis sacri­ficios? ¿Así se me despide, como a una sirvienta inválida? Luego de tantos años de ejercer mi profesión de hija carita­tiva no estoy en condiciones de aprender una nueva. No sé hacer otra cosa que extender la mano y, componiendo un semblante patético, excitar la piedad ajena. Pero necesito la compañía de un desdichado. De lo contrario una solterona no excita la piedad, sólo provoca la indiferencia o el despre­cio. Repito: ¿qué será de mí?
    Ved cómo cesa de llorar, cómo levanta la cabeza y hace girar los ojos ávidos. Escondamos a nuestros tiernos hijos: Antígona no vacilaría en volverlos huérfanos. Ocultemos a nuestros padres: Antígona sería capaz de convertirlos en nuevos Edipos ciegos. Nadie es más temible que una Antí­gona sin  ocupación.

En Falsificaciones de Marco Denevi


"Antígona Furiosa!, de Griselda Gambaro

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http://www.academia.edu/4297539/Antigona_furiosa_editada

"Antígona", de Sófocles


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"Antígona Vélez", de Leopoldo Marechal


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http://es.scribd.com/doc/147930022/Antigona-Velez

La cosmovisión

El término cosmovisión es una adaptación del alemán que significa observar el mundo.
                                                             Cosmo: mundo                  /         Visión
Una cosmovisión es el conjunto de opiniones y creencias que conforman la imagen o concepto general del mundo que tiene una persona, época o cultura, a partir de la cual la interpreta.
Teresa Colomer en su artículo “La enseñanza de la Literatura como construcción de sentido” plantea que  los textos literarios permiten comprender y verbalizar la actividad humana, representando así  la realidad de diversas formas que aquí se denominan cosmovisiones.
La enseñanza de la literatura, especialmente en la Secundaria, tiene que posibilitar a los alumnos  conocer las maneras  de pensar la realidad y   de dar forma a la experiencia; esas maneras  se encuentran “acumuladas”, atesoradas, en las obras literarias. 
De este modo los adolescentes y jóvenes pueden   incorporarse al diálogo de la humanidad, al ágora de la reflexión sobre la cualidad humana y su percepción del mundo, al contacto con todas las formas de lenguaje -con todos los géneros y tipos textuales- contenidos en la literatura. Así, incorporar la posibilidad de la reflexión que supone el escrito, el mundo formado exclusivamente por la palabra.
Este concepto es muy amplio. Por ejemplo, pensar en una mirada realista, no nos conduce necesariamente a lo que, desde los movimientos estéticos abordados desde una perspectiva histórico- cronológica, se denomina  Realismo, con autores tales como Roberto J. Payró o Florencio Sánchez. También se podría incorporar una novela psicologista, como El túnel, de Ernesto Sábato,  la poesía social de Raúl González Tuñón o de Pablo Neruda, o un cuento realista de la literatura contemporánea (“Final de juego” de Julio Cortázar o “Conejo” de Abelardo Castillo).
¿Por qué se eligió esta organización de las miradas para cada año?
Sabiendo que todo recorte posible conlleva inevitablemente una cierta arbitrariedad  (Como todo recorte de contenidos a enseñar en general), se intentó buscar una lógica. Tanto en la historia de la humanidad como en la historia evolutiva de una persona, primero, cuando no se comprenden las razones y no se le puede dar una explicación científica de los hechos, se buscan argumentos míticos, se “construye” ficcionalmente una explicación. Luego, a medida que la humanidad evoluciona (o  la persona crece) se accede a un vínculo más mimético con la realidad, se encuentran razones y explicaciones que aproximan a ella. En simultáneo, al tener la distinción de lo que se puede considerar “realista”, se abre la alternativa  fantástica. Por último, cuanto mejor conocimiento se tiene de la realidad, de los cánones, las normas, etc., más posibilidades hay de transgredir, de ingresar al universo de las rupturas y las experimentaciones. Se podría decir que esta instancia es la más “vanguardista” y compleja. (DC Literatura 4º en la p. 33).
4to Literatura
5to Literatura
6to Literatura
Cosmovisión trágica
Cosmovisión realista
Literatura alegórica
Cosmovisión épica
La cosmovisión maravillosa y el Realismo Mágico
Ruptura y experimentación
Cosmovisión mítica
Cosmovisión Fantástica
Formas cómicas o humorísticas

Ciencia Ficción



¿Qué es literatura?

¿Qué es literatura?
La Literatura es el arte de la palabra, producto de la vida, la inteligencia y la imaginación. Nacida oralmente, con fijación gráfica más tardía, la creación literaria es, ante todo, un fenómeno de comunicación, un acto de comunicación lingüística. Surge como fruto de la necesidad de expresarse por la palabra; tiene por referente una realidad, vivida o ficticia, y existe como literatura cuando el proceso de comunicación se cierra: cuando esas sensaciones, experiencias y vidas que el autor-creador pone a nuestra disposición son re-creadas (vueltas a crear) por un oyente o lector.

La literatura, como el arte, es una de las formas más altas de la conciencia, es una forma de conocimiento y de autorreconocimiento.

La literatura es el conjunto de producciones literarias de una época, género, lengua, nación, etc.

La literatura son las producciones del entendimiento humano, que tienen por fin último o remoto expresar lo bello por medio de la palabra. Es el conjunto de todas las producciones literarias de un pueblo o de una época.

La literatura es el arte que emplea como medio de expresión la palabra hablada o escrita.

Tiene su origen en: Litterature o litere que significa, LETRA. Estudio científico sobre las obras literarias.

Normalmente una obra literaria se desarrolla en un determinado: contexto, tiempo y espacio.
Funciones de la Literatura

1. Función estética: la literatura transmite la belleza a través de la palabra, haciendo surgir en el lector el goce espiritual y la sensibilización tanto estética como social. Sirve como el gancho de introducción para que el lector continúe con la lectura y, posteriormente, vaya apropiándose de ese universo literario encontrando el significado de las otras funciones.

2. Función social: la obra literaria es testimonio de una época, de ideales y del entorno histórico en los cuales se desenvuelve. Es un documento social de su tiempo, esto es, de costumbres, de política y de la psicología de un pueblo. La función social abarca no sólo época sino tiempo y clases sociales; es el resultado de las condiciones sociales de una época determinada. Mediante esta función, el lector se sensibiliza y toma conciencia de los problemas de la sociedad.

3. Función cultural: la literatura afirma y transmite los valores universales, comunes de la humanidad. Por lo tanto, crea conciencia en la gente para establecer su vida en sociedad. A través de la literatura así como del arte en general, el ser humano plasma sus ideales, sus costumbres, su cultura y sus anhelos.

4. Función musical: la organización de los elementos de la lengua están distribuidos de tal manera, que su armonía produce un efecto musical agradable. Lo manifiesta a través de las figuras literarias, de la rima y del ritmo, no sólo en la poesía sino en la prosa. Depende también de la lengua empleada; unas tienen un efecto musical más fuerte que otras. Está relacionado con la función estética; se complementan y, de esta manera, la literatura posee fuerza y vigor.

5. Función afectiva: el lenguaje literario tienen más carga emotiva que el lenguaje cotidiano, pues su principal preocupación es sensibilizar al lector con el contexto social de la obra. De esta manera, produce sugestiones de color, luz, sonido y no sólo percepciones sino que puedan ser sentidas y vividas. Esa evocación afectiva varía de lector a lector, así como de escritor a escritor.

6. Función simbólica: está ligada a la función poética, mediante la cual nos transfiere a otro universo imaginativo, más allá del lenguaje directo de las palabras. Es la búsqueda de un significado connotativo, simbólico y personal. A través de los símbolos, la literatura logra comunicar ideas, sentimientos e ilusiones. Un símbolo puede convertirse en el eje de toda una obra. Su valor radica en la fuerza del mismo y en la manera como es empleado.

7. Función evasiva: la literatura sirve como medio de evasión de problemas sociales o personales; se convierte en una terapia por medio de la cual el autor expresa sus emociones y conflictos internos, así como los problemas colectivos de una sociedad. Es un medio de evasión para trasmitir problemas religiosos o éticos.

8. Función de compromiso: la literatura confiere al escritor una responsabilidad muy grande: la de reflejar el contexto histórico y, a la vez, los ideales y principios del autor. Descubre las características de su sensibilidad, compromiso e ideología. De esta manera, el autor se ve plenamente comprometido con su sociedad, con sus valores y costumbres presentes en su producción. No hay obra literaria ajena a lo mencionado; siempre se halla inmersa dentro de este contexto histórico y social. 

GÉNEROS LITERARIOS

El género narrativo:


En las obras pertenecientes a este género, un narrador presenta una acción o sucesión de hechos en la que participan una serie de personajes que se sitúan en un espacio y en un tiempo.

La narración literaria se caracteriza, frente a otro tipo de narraciones, por recrear un mundo de ficción. Es verdad que muchos de los hechos relatados en narraciones literarias están inspirados en la realidad, e incluso algunos de ellos son ciertos.

A diferencia del género lírico, que se centra en la descripción del estado emocional o espiritual de la voz poética, en el narrativo predomina una visión externa de la materia tratada. El autor se interesa por las relaciones del hombre con todo lo que le rodea; por eso, generalmente, el ambiente y el desarrollo de las relaciones entre los personajes son elementos fundamentales de la narrativa.

En la narración es frecuente el uso de la tercera persona. Sin embargo, también pueden emplearse otras personas gramaticales, como la primera, que se utiliza a menudo cuando el narrador es el protagonista de la historia o uno de los personajes.

El género narrativo se clasifica en subgéneros:
• Poema histórico: emplea lenguaje bello y original. Sus motivos son históricos.
• Parábola: es moralizador. Son de corte cristiano y lo encontramos en los Evangelios.
• Fábula: Su personajes son por lo general seres irracionales, su carácter es simbólico y dramático. Hay libertad de versificación. Deja una moraleja.
• Novela: de mayor extensión que cualquier otra narración, es basada en hechos ficticios pero verosímiles.
• Leyenda: narraciones basadas en hechos tenidos por históricos o en tradiciones populares más o menos verosímiles y auténticas.
• Cuento: de menor extensión que la novela. Los episodios se desarrollan en menos tiempo.
• Epopeya: Hechos memorables y de trascendencia para un pueblo, raza o la humanidad. Acciones históricas y sin tomar la vida del poeta. Sus personajes actúan con heroísmo.
• Epístolas: narraciones por medio de cartas, donde el autor sostiene un diálogo directo con una segunda persona.

Género Lírico:

El género lírico es aquel en que el poeta canta sus propios sentimientos. Es de carácter subjetivo porque la fuente, el sujeto de la inspiración, es el poeta.
El nombre de lírico viene de los griegos, que cantaban estas composiciones al son de la lira.

Algunos de los subgéneros liricos son:
ü La Oda: en ella se expresan los movimientos más hondos del espíritu y los más apasionados sentimientos del corazón humano. La oda equivale a canto. Despierta su entusiasmo o admiración hacia lo grandioso de la naturaleza, la gloria de los héroes, las altas y nobles virtudes, los sentimientos patrióticos, etc.
ü El Himno: el himno se deriva de la oda, su objetivo es cantar las glorias nacionales. Es una de las composiciones más antiguas y se emplea en diversos países para expresar los sentimientos colectivos. Éste por ser un canto patriótico, religioso y una expresión de sentimientos colectivos, se populariza en mayor grado que las odas.
ü La Elegía: expresa sentimientos tristes y melancólicos. Los temas en ella son penas, desengaños, pérdida de seres amados, desgracias personales, etc.
ü El Soneto: es una combinación métrica que consta de dos cuartetos y dos tercetos de versos endecasílabos y consonantados. El motivo se va desarrollando progresivamente hasta condensarse en el último verso del segundo terceto.
ü El Madrigal: son pequeños poemas que expresan con gracia y espontaneidad, una fina galantería. Su tema puede ser el amor o la admiración que infunda la belleza de una mujer.
ü El Epigrama: expresa un pensamiento agudo, ingenioso y picaresco. Su contenido es breve.

Género Dramático:

La palabra drama se deriva del griego “drao” que significa hacer o ejecutar. Comprende todas las composiciones literarias escritas para la representación teatral.

El género dramático es aquel que representa algún episodio o conflicto de la vida de los seres humanos por medio del diálogo de los personajes.

La palabra dramático proviene de “drama”; esta palabra corresponde al desarrollo de un acontecimiento dentro de un espacio y tiempos determinados. Los hechos se refieren a personas o caracteres que simbolizan en forma concreta y directa un conflicto humano.

Este género está destinado a ser representado públicamente frente a un auditorio, por lo tanto, abarca a todas manifestaciones teatrales, a todo lo escrito para el teatro y a todo lo que es susceptible de representación escénica ante un público.

Una característica esencial es la acción. Lo que sucede en la obra no está descripto ni narrado ni comentado directamente por el dramaturgo, sino visto por el espectador. La obra está escrita, pero lo principal en ella es lo que ocurre (debido a esto, existen obras dramáticas sin palabras, o sea mudas, en las cuales se utilizan gestos y actitudes que expresan el conflicto).

Algunas especies dramáticas son:

• Tragedia: se refiere a un episodio fatal de la vida, que termina en forma triste o con la muerte del protagonista.
• Comedia: presenta aspectos cómicos u optimistas de la vida. Tiene un desenlace feliz.
o TRAGICOMEDIA: Obra que participa de los géneros trágico y cómico.
o AUTO SACRAMENTAL: Representaciones de episodios bíblicos, misterios de la religión o conflictos de carácter moral y teológico.
o ENTREMÉS: Pieza teatral cómica, en un solo acto y de trama jocosa.
o PASO: Pieza dramática de breve duración, asunto sencillo y tratamiento cómico.
o MONÓLOGO: Monodrama - pieza dramática interpretada por un solo actor. Parlamento de extensión superior a lo habitual.
o FARSA: Pieza cómica destinada a hacer reír. La diferencia entre la farsa y la comedia reside en que no tiene que ser cercano a la realidad.
o VODEVIL: Comedia aligerada con canciones y bailes, de carácter marcadamente frívolo, alegre y de asunto amoroso.
o ÓPERA: Representación teatral a lo largo de cuyo desarrollo, cantan los distintos personajes.
o ZARZUELA: Obra dramática y musical, en la que alternativamente se declama y se canta.
o SAINETE: Pieza jocosa de corta duración - inferior a un acto - de carácter y argumento popular, en la que se ridiculizan los vicios y convenciones sociales.

¿Qué es lo que hace que un texto sea literario? Por supuesto sus características. Las características que determinan lo literario de un texto, son las siguientes:

1. Predominio de la función poética sobre la referencial, pues no se limita a comunicar; se trata de influir en el ánimo del lector haciéndole vivir emociones y sentimientos. El autor comparte sus vivencias con el lector, recreándolas en él.
2. Es completamente ambiguo; en esto reside su riqueza de interpretación.
3. Es eminentemente connotativo, produciendo diversas posibilidades de interpretación de acuerdo con el contexto literario y personal del lector. La connotación es la esencia del lenguaje literario, ya que éste es plurisignificativo.
4. Abundancia de recursos poéticos como las figuras literarias. Es abundante en imágenes.
5. La sintaxis es más flexible. El orden de los elementos puede variar.
6. El vocabulario es preciso e insustituible. Una palabra no puede ser emplazada por otra, pues cambia la fuerza expresiva, aunque sea la misma idea.
7. Las palabras son elegidas por su eufonía[1].
8. Tiene carga emotiva.
9. Disposición de sus elementos en forma armoniosa, producto de una buena combinación de las palabras.
10. El mensaje crea su propia realidad, diferente de la realidad circundante.
11. Puede ser explicado y descripto, pero no comprobado.
12. Es simbólico.

Sin embargo, todas estas características no pueden estar aisladas, porque un texto literario es un mundo creado, imaginario, ficticio, independiente del universo real, pero aun así no puede ser ajeno a él ni desprenderse totalmente. 



[1] eufonía. 1. f. Sonoridad agradable que resulta de la acertada combinación de los elementos acústicos de las palabras.

miércoles, 8 de enero de 2014

Algunas de las imágenes y los textos de este blog , han sido tomados de Internet, en ningún momento he querido asumir la autoría de las mismas , si algún autor o autora se molesta por esta razón, no tiene más que hacérmelo saber y serán retiradas de inmediato.

martes, 7 de enero de 2014

Interesante artículo de Justifica tu respuesta

9+1 preguntas que no querrás escuchar de tus alumnos

A diferencia de muchas de mis entradas, el artículo de hoy no trata sobre respuestas, sino más bien de preguntas. Preguntas que con mucha frecuencia nos hacen nuestros alumnos durante el curso. Dichas preguntas, por ser tan repetitivas, provocan en el docente varios tipos de reacción. Unos las ignoran, otros se indignan. Sea cual sea la reacción que tengamos, debo confesar, al menos en mi caso, que pocas veces nos paramos a reflexionar sobre lo que representan dichas cuestiones.
Es por ello que el artículo de hoy tiene la intención de recordaros cuáles son estas preguntas que con frecuencia formulan los alumnos en una sesión lectiva. Pero, a parte de recordar dichas preguntas, mi intención es reflexionar sobre ellas y sobre el mensaje que guardan de forma implícita.
Prueba preguntas
Imagen extraída de Shuttershock

Estas son las preguntas que no querrás escuchar de tus alumnos.

1. ¿Entra para el examen? Es innegable que la finalidad de un alumno es más la de aprobar un examen, que no la de aprender del examen. Es algo que realmente es difícil de cambiar, pero no por ello debemos dejar de intentar hacerles ver que si realmente han aprendido lo que les hemos enseñado, la realización del examen no pasa de ser un mero trámite. Pero volviendo a la pregunta, lo cierto es que se trata, por desgracia, de una pregunta que encierra un mensaje no muy bueno. Es por ello que debemos preguntarnos el porqué de dicha pregunta, de si hemos sido lo suficientemente claros a la hora de fijar los apartados de una prueba, de si lo hemos verbalizado correctamente, si lo han anotado en su lugar correspondiente. De ahí que sea importante la sesión previa a una prueba o examen aclarar al máximo cuáles serán los temas, apartados o cuestiones que entrarán, para que así el alumno evite formularnos una pregunta que en ocasiones puede indicar que hemos dado por supuesto algo que no lo estaba.
2. ¿Cuánto falta para que acabe la clase? Esta pregunta es de las que duelen. El alumno puede formularla por varios motivos, pero sin duda uno de los principales es que la sesión lectiva le está aburriendo. En muchas ocasiones no es necesario que nos formulen tal pregunta, ya que basta verles las caras, las continuas miradas a su reloj, o bostezos. Sé que no siempre es fácil enseñar entreteniendo, pero creo que un buen síntoma de que hemos hecho las cosas bien es cuando nuestros alumnos se sorprenden de lo rápido que ha transcurrido la sesión lectiva. En este sentido creo que es importante diversificar al máximo las clases para fijar la atención y para ganar la batalla contra el tiempo. Al respecto os recomiendo la lectura del artículo titulado 7 consejos para gestionar correctamente el “tempo” de una clase.
3. ¿Puedo ir al baño? No me extenderé en esta entrada, puesto que ya escribí un artículo expresamente para esta pregunta. Se titula Profesor, ¿puedo ir al baño? O sobre la igualdad de sexos en el aula. Seguramente sea uno de los artículos que más polémica han generado, aunque en absoluto era mi intención.
4. ¿A lápiz o a boli? Esta es otra de las preguntas que en determinadas edades es difícil que no nos hagan. Pero se trata de una pregunta más que evitable, si desde el principio de curso dejamos claro aquello que queremos que escriban a lápiz y aquello que queremos que escriban a bolígrafo. Para evitar este tipo de pregunta lo más importante es que desde el inicio de curso se lleven a cabo rutinas que los alumnos puedan interiorizar. Hay que pensar que son muchas las asignaturas y que cada docente tiene una forma de llevarla a cabo. Tal vez si entre todos los docentes pudiéramos llegar a acuerdos de centro, preguntas como estas acabarían por desaparecer.
5. ¿Qué página has dicho? Siempre he dicho que un docente debe enseñar a aprender, pero creo que también debe enseñar a escuchar y a leer. Es otra de las preguntas de las que difícilmente nos podemos escapar… o no. Creo que en este sentido es importante analizar cómo, cuándo y de qué manera damos información a nuestros alumnos. Si queremos evitar esta pregunta, otra vez es importante recurrir a determinadas rutinas. Podemos dar la información de viva voz, escribirla en la pizarra o dar la información de forma complementaria, escribiéndola en la pizarra y diciéndola en voz alta. Aún así, si queremos evitar que nos hagan continuamente esta pregunta, de lo que se trata es de hacerla en el momento adecuado o enseñar al alumno que interiorice la forma en que daremos dicha información. Sobre cómo empezar una clase os recomiendo la lectura del artículo titulado 5 consejos para empezar con buen pie una clase.
6. He acabado el examen. ¿Qué hago ahora? ¡Vaya con la pregunta! De lo que no cabe duda es de que no pedemos evitar que un alumno acabe antes de tiempo una prueba o examen, o que todos los alumnos acaben el examen a la vez. Debo confesar por mi parte que el momento en que los alumnos finalizan una prueba o examen es un momento algo estresante porque se tiende a perder el control de la clase en función del grupo que tengamos. Es por ello que creo conveniente que nos avancemos a la pregunta. De alguna manera ya respondí a esta pregunta en el artículo titulado 10 útiles consejos para elaborar con éxito un examen. Antes de la realización del examen es importante que quede claro a todos los alumnos qué deben hacer si acaban una prueba antes de tiempo. Dicha actividad dependerá, por supuesto, de la materia que se imparta, pero puede ser un buen momento para que revisen la agenda, realicen alguna actividad pendiente que no han acabado de alguna asignatura, lean algún capítulo de un libro o, simplemente, escriban o dibujen algo en su cuaderno. Es importante que interioricen lo que harán al finalizar una prueba, porque de ello dependerá el gran medida que la clase no se descontrole o se produzcan conductas disruptivas que pueden perjudicar a alumnos que todavía no han finalizado la prueba o examen.
7. ¿Tienes los exámenes corregidos? Tened muy presente siempre esta pregunta y recordad la frecuencia con que os la formulan. Soy consciente del tiempo que supone la corrección de un examen, más aún cuando se trata de grupos numerosos o de enseñanzas superiores. Pero es una pregunta que nos debe mantener en alerta. Me parece muy importante al respeto que seamos diligentes y rápidos con la corrección de las pruebas que realizamos a nuestros alumnos. Sin duda, la rapidez en la corrección siempre jugará a nuestro favor y es algo tremendamente valorado por muchos de nuestros alumnos. Es una forma de ganarnos su respeto y además creo que les damos un magnífico ejemplo de nuestra dedicación.
8. ¿Hay que copiar el enunciado? Esta es otra de las preguntas que creo totalmente innecesarias. Sin duda se corrige con la rutina. Desde el inicio de curso hay que dejar claro cuáles son las normas o modos de proceder de nuestra asignatura. Y nuestro trabajo consiste una vez más en que interioricen dicha rutina en beneficio del buen desarrollo de las sesiones lectivas. Aún así, es conveniente que nosotros seamos consecuentes al respecto, y si hemos decidido que deben copiarse los enunciados, hay que mantener dicha norma a lo largo del curso.
9. ¿Para qué sirve…? Esta otra de las preguntas que duelen. Y digo que duelen porque creo que esconden un aspecto que a veces dejamos de lado, y es la diferencia entre explicar y enseñar. Para mí son dos conceptos significativamente distintos. Quiero pensar que si tan sólo nos esforzamos en explicar en nuestras clases, la pregunta para qué sirve será una pregunta muy recurrente, porque los alumnos no le verán la utilidad a aquello que les estamos transmitiendo. De lo que se trata es de que nos esforcemos en enseñar. Si así lo hacemos desde el principio, dejaremos muy claro qué perseguimos con lo que enseñamos y cuál es su propósito, su finalidad y, como no, su utilidad.
10. … He creído conveniente, como he hecho ya en otros artículos, dejarte la última pregunta para que seas tú el que la formules a partir de lo que te preguntan tus alumnos en clase. Estoy convencido de que dichas preguntas nos traerán magníficas respuestas.
Si habéis llegado hasta el final del artículo, posiblemente una de las palabras a las que más he recurrido ha sido la palabra rutina. Sigo insistiendo que me parece un término imprescindible y muy a tener en cuenta. Ved si no lo que dice la Real Academia de la Lengua al respecto del vocablo rutina: Costumbre inveterada, hábito adquirido de hacer las cosas por mera práctica y sin razonarlas. Dejemos, por tanto, que adquieran dicha rutina, para que así estén en posición de preguntar sobre lo que no han podido entender de aquello que les hemos enseñado.
Os dejo, al respecto, una cita de Fernando Savater:
El problema no son las preguntas que los niños formulan, sino las que nosotros nos tenemos que hacer luego.

Acerca del autor

Santiago Moll ejerce como profesor de Secundaria y es el autor del blog 'Justifica tu respuesta'. Este blog educativo habla sobre aspectos relacionados con la práctica docente y su interacción con las Nuevas Tecnologías. Santiago Moll